Antes de que empiece el entrenamiento de baloncesto, Larry Roach llama a los hombres a formar un círculo.
Es miércoles por la tarde y se reúnen en el gimnasio de la California Medical Facility, una prisión para hombres a unas 55 millas de San Francisco. Entre sus internos hay personas con discapacidades físicas y otros problemas de salud graves.
Los hombres llegan de distintas maneras. Algunos entran en las sillas de ruedas que usan a diario y otros caminando. Uno a uno, se acomodan en las sillas bajas de ruedas inclinadas, diseñadas para el baloncesto. Roach espera a que todos —al menos 15 jugadores y cinco entrenadores— se acomoden. Él también cumple condena aquí y no tiene ninguna discapacidad, pero en este gimnasio tiene otro papel: es el entrenador “interno”.
El equipo siempre habla antes de jugar. En la sala se instala una energía de concentración, con el leve roce de los cuerpos que se acomodan en sus asientos y el suave chirrido de las ruedas que se deslizan por el suelo. Cada hombre escucha con atención mientras espera su turno para hablar.
Quien quiera contar noticias de casa, explicar cómo le ha ido la semana, soltar una o dos frases motivadoras o dar la bienvenida a los jugadores nuevos, este es el momento de hacerlo.
Este día, a finales de septiembre, Roach habla del esfuerzo en inglés: “Eso no se puede enseñar. Tienes que quererlo”. Después, los hombres, todavía en círculo, giran los puños hacia los compañeros de cada lado y enlazan así a todo el equipo. Joe Chambers, dos veces paralímpico y uno de los entrenadores “externos”, recita su lema: “Todo lo que hacemos, lo hacemos juntos”.
Con eso, se dispersan, y el gimnasio estalla. Los balones empiezan a botar. Crece un rugido mientras las manos golpean las ruedas para acelerar sillas rojas, verdes, negras y plateadas. Chocan entre sí. Los hombres se ladean, se caen y se enderezan en un solo instante. Alguien grita “¡salida!” para avisar de que está desmarcado y listo para recibir el pase cuando un compañero recupera el balón.
En el baloncesto en silla de ruedas, la impulsividad juega en contra. Un defensor puede bloquearte el camino que querías tomar hacia la canasta, y no puedes esquivarlo como en el baloncesto convencional. Tienes que detenerte, evaluar lo que tienes delante y buscar otra salida.
Roach ha llegado a pensar que esa lección, la de buscar otra salida, va más allá del baloncesto. “En el baloncesto en silla de ruedas… tienes que calmar el cerebro y decirte: OK, eso ya no lo puedo hacer”, dice. “Entonces, ¿cuál es la siguiente mejor opción?”.
Te enseña a encontrar una salida, dice, sobre todo si creciste sintiendo que no tenías muchas opciones.
El mensaje está pintado en negro en la pared del gimnasio: “RE CREATION”.
El espacio no es casualidad. Jeremiah Holland, creador del programa de baloncesto en silla de ruedas y supervisor de recreación de la prisión hasta hace aproximadamente un mes, cree que la recreación puede ser algo más que movimiento: puede ser una re-creación, una oportunidad para practicar ser una persona distinta.
Todo empieza con la imaginación, dice. Dentro de la prisión, donde las personas están aisladas del mundo exterior y se espera de ellas que sigan normas estrictas y desempeñen ciertos papeles, “la imaginación se contrae”.
“Las personas siempre son más grandes que el papel que se les asignó”, afirma en inglés.
El deporte puede dar a la gente la oportunidad de trabajar su carácter y construir relaciones en una prisión “solitaria y aislada”, dice Holland. Se aprende algo de sí mismo en cómo reaccionar ante la frustración y ante la derrota, dos momentos de aprendizaje que empujan a los jugadores a pensar cómo manejarían situaciones parecidas fuera del gimnasio.
Con el tiempo, uno aprende a responder de otra manera en sus relaciones con los demás y a enfrentarse a las partes dolorosas de sí mismo, explica Holland. Por eso los programas deportivos pueden cambiar a las personas para bien y “ayudarlas a encontrar la manera de ver las cosas más difíciles de su vida”, dice.
California está apostando por el potencial rehabilitador del deporte. El 30 de septiembre, el gobernador Gavin Newsom firmó la Ley de Deporte de Segunda Oportunidad (Second Chance Sports Act), que ordena al sistema penitenciario del Estado elaborar un plan para ampliar la oferta deportiva. Según se ha informado, quienes participen en deportes organizados podrán acumular créditos que pueden llevar a una liberación anticipada.
Holland lleva años aguantando temporales, como los cambios en la dirección de la prisión y una pandemia, para construir programas de recreación que personifiquen esta filosofía. Entre ellos está este equipo de baloncesto, distinto a la mayoría de los que hay en las cárceles de Estados Unidos, en el que hombres sin discapacidad y hombres con discapacidades físicas entrenan y juegan juntos al baloncesto en silla de ruedas.
Holland atribuye a la comunidad que construyó en torno al programa su existencia y su continuidad. Trajo entrenadores y expertos de fuera, dio a internos como Roach cada vez más responsabilidad sobre los programas en los que participaban y luchó para que la administración de la prisión siguiera implicada.
“La participación de la comunidad es realmente lo que hizo posible el deporte adaptado”, dice.
Cuando Roach era niño, hace décadas, en el sur de Sacramento, jugaba con su amigo Landon Jackson. Con el tiempo, las pandillas trazaron nuevas fronteras en su barrio y, con ellas, en su amistad.
Al final de su adolescencia, Roach recuerda dispararle.
Sus caminos no volvieron a cruzarse durante muchos años, hasta que un día se vieron avanzando por lados opuestos de un pasillo de la CMF. Los hombres que conocían su historial los observaban, preocupados.
Se fundieron en un abrazo. “Era la primera vez que podía abrazarlo en 23 años”, dice Jackson en inglés. “Es el tipo con el que jugaba cuando íbamos a la primaria y a la secundaria. Niños. Inocencia…”.
Roach ya había empezado a intentar dejar atrás esa vida. Su cambio se produjo un día de visita, cuando su hija de cinco años le preguntó cuándo iba a dejar la pandilla. Poco a poco, pasó a la acción: renovó su fe en Dios, dejó de usar su apodo de pandillero, tomó un curso sobre el impacto en las víctimas y se formó para orientar a otros internos.
Fue esta versión de Roach la que abrazó a Jackson y le pidió perdón.
Para entonces, Jackson también había salido de aquella vida. Se había volcado en el programa de baloncesto en silla de ruedas, que se lanzó públicamente a finales de 2022. Sin ninguna discapacidad, se había unido porque unos amigos que usaban silla de ruedas necesitaban ayuda, alguien que los empujara por el patio o los acompañara en sus ejercicios.
“Cuando empiezas a meterte en la silla de ruedas, ves lo que ya no puedes hacer”, dice. “Te hace valorar a la gente de otra manera”.
Ese tipo de crecimiento es lo que los entrenadores tenían en mente cuando permitieron que jugadores sin discapacidad se sumaran al programa, explica Mieko Chambers, entrenadora principal del equipo y también de Los Angeles Clippers Chairmen, un equipo de la Asociación Nacional de Baloncesto en Silla de Ruedas (NWBA, por sus siglas en inglés). “De repente aparece un respeto nuevo por alguien a quien se veía como débil o lastimado”, dice en inglés.
En algún momento, el gimnasio dejó de ser solo un gimnasio para Jackson. El programa lo puso en una posición de servicio a los demás, dice, y eso lo hizo visible ante personas que podían ver el cambio por el que había pasado. Holland propuso su nombre para una nueva sentencia, y el director de la prisión escribió al juez una carta de apoyo que influyó en su excarcelación.
En 2024, Jackson salió de la CMF.
La forma en que él y otros líderes manejaban las cosas dejó huella en el equipo. “La prisión te dice que no te metas si no hay violencia”, dice Jackson. “Este gimnasio te decía que te metieras para que no llegara a haber violencia”. Eso a veces significaba encarar a alguien, cara a cara, cuando se pasaba de la raya.
Una vez, recuerda Roach, un jugador insultó a un voluntario. Los hombres detuvieron el entrenamiento, formaron un círculo y le dijeron que ese comportamiento era inaceptable. Lo mandaron fuera por ese día para que se calmara.
“No queremos señalar a nadie”, dice Roach. “Vamos a decir qué comportamientos no vamos a tolerar y a partir de ahí seguimos”.
Otras veces significaba darse cuenta de que alguien lo estaba pasando mal. En otro entrenamiento, Steven Davis, un cocapitán extrovertido al que apodan Scooby Doo, recuerda que entró y se sentó. Normalmente se reía, bromeaba con los demás, se sentaba en su silla y se preparaba para jugar. El equipo notó que algo no iba bien y le preguntó qué le pasaba. Davis se había reencontrado hacía poco con su hija y tenía miedo de volver a perderla.
Los entrenadores lo abrazaron. “Aquí te tenemos… Te queremos”, le dijo Joe Chambers en inglés. “No queremos verte así”.
Davis todavía lo recuerda. “Que me abrazaran y me dijeran que ven lo bueno que hay en mí y que soy una buena persona me hizo darle con más ganas al baloncesto en silla de ruedas”, dice en inglés. “… Me hizo querer venir aquí y estar con estos tipos que de verdad demuestran que les importas”.
Quentin Murphy se mueve entre el tráfico de sillas como quien juega al ajedrez, que es como Joe Chambers enseña el juego: hay que pensar dos y tres jugadas por delante. Con cuatro años en este deporte y más de una década en silla de ruedas, Murphy es co-capitán junto a Davis y está considerado uno de los mejores jugadores, el Michael Jordan del equipo.
El baloncesto siempre había formado parte de su vida. Pero, según cuenta, lo atropelló un camión durante el delito que lo llevó a prisión, y le amputaron la pierna estando bajo custodia. Los años siguientes fueron oscuros. “Hubo momentos en los que tuve pensamientos suicidas”, dice Murphy en inglés.
Las opciones de recreación para un hombre en silla de ruedas eran el bingo, el tejo de mesa, las bandas de resistencia y el yoga en silla. “Ese tipo de deportes, para alguien como yo, son cosas aburridas”, dice. “Soy muy competitivo y me gusta lo físico”. Los hombres con discapacidad que querían competir no tenían mucho que hacer, afirma.
Murphy tuvo que volver a aprender el baloncesto con una versión distinta de su cuerpo. Aunque los instintos eran parecidos, la mecánica no. Hay que generar velocidad con los brazos y girar sin perder el impulso. Hay que deslizarse hacia el tiro para que el balón llegue a un aro que sigue estando a 10 pies de altura.
Ahora Murphy es uno de los jugadores a los que los demás observan. Sus hermanas, sus hijas y amigos de la familia saben a qué se dedica ahora y están orgullosos de él, dice. Cuando entra en el gimnasio, no piensa en nada más. “Es simplemente un lugar de paz”, dice.
El baloncesto en silla de ruedas también le dio una nueva manera de reflexionar sobre su futuro. Una condena de décadas ha hecho difícil imaginarlo. Pero piensa en todos los programas que ha hecho en prisión y ve en un jugador que salió del gimnasio y jugó como profesional fuera una prueba de lo que es posible para él…
Ese jugador es Lavonte McDowell, a quien los entrenadores consideran la historia de éxito del equipo.
En muchos sentidos, la historia de McDowell se desarrolló igual que la de Murphy. Recibió un disparo mientras cometía el delito, quedó parapléjico, pasó directamente de la habitación del hospital a una celda y aprendió todo sobre su discapacidad por su cuenta.
Se unió al equipo cuando este todavía estaba encontrando su lugar. Al poco tiempo, los entrenadores le decían que los demás empezaban a verlo como un líder, pero McDowell no lo vio enseguida. Solo sabía que quería cambiar y que no podía hacerlo solo.
“Sentía que necesitaba gente que me hiciera responsable de mis propios actos, porque yo no podía ayudarme ni hacerme responsable a mí mismo”, dice en inglés.
Lo primero que dejó atrás fue su nombre. En la prisión, los hombres lo conocían por el apodo callejero de sus tiempos de pandillero: “Todo el mundo en la prisión me conocía como Chaos”, dice. Unos dos meses después de entrar en el equipo, dejó de responder a ese nombre. “Es una creencia falsa. Ni siquiera es mi nombre”, dice. Desde entonces, le decía a la gente que se llamaba Lavonte.
Avanzando al otoño de 2024: McDowell y Joe Chambers recuerdan al equipo reunido en un círculo. Joe Chambers, que ya jugaba en el Los Angeles Clippers Chairmen, tenía una noticia que compartir: los Chairmen querían que McDowell jugara con ellos. McDowell lloró de alegría.
Salió en libertad a principios de noviembre de 2024 y desde entonces ha jugado con el equipo durante la temporada 2025-26, viajando a partidos en Estados que nunca había pisado.
Hoy trabaja con Project Rebound, una organización que ayuda a personas que han estado en prisión a acceder a la educación superior. “Solo quería estar al servicio de los demás”, dice. “Le quité a tanta gente. Causé tanta destrucción en la vida de otros, y en la mía y en la de mi familia… Estaba cansado de ser malvado y estúpido”.
En cuanto a los entrenadores, nunca lo soltaron. Siguieron en contacto, conocieron a su familia y, cuando necesitó una silla propia, reunieron piezas de sillas viejas, le armaron una y se la enviaron.
“Es maravilloso tener a alguien que de verdad te dé oportunidades. Eso es todo lo que quiere la gente en prisión”, dice. “… Siento que este programa puede darle eso a la gente. Yo soy la prueba viviente”.
A mitad del entrenamiento del mes pasado, Holland aparece junto a la puerta con un montón de credenciales. “Aquí están todas las identificaciones”, les dice a los jugadores. “Las voy a dejar en esa puerta. Si van a comer, tomen su identificación y nos vemos en la puerta”.
Un jugador mira hacia la puerta. “Oiga, entrenador, ¿y si no nos quieren dejar volver a entrar?”, pregunta.
“Los van a dejar volver a entrar”, responde Holland.
Es una pregunta inofensiva sobre la cena, pero también un recordatorio del entorno controlado en el que se encuentran. Ni siquiera para los entrenadores voluntarios está siempre garantizado cruzar la puerta. Algunos manejan casi una hora de ida y, en ocasiones, no los han dejado pasar porque inspecciones se llevan a cabo en el gimnasio, porque un confinamiento canceló las actividades del día o porque decisiones sobre el personal suspendieron el entrenamiento, cuentan los entrenadores.
El Departamento de Correcciones y Rehabilitación de California asegura que intenta reducir al mínimo las interrupciones de los programas, pero que la falta de personal, las capacitaciones y las emergencias a veces han obligado a hacer cambios temporales.
Pese a la incertidumbre y a las muchas horas de carretera y de trabajo, incluido el arreglo de las sillas, los entrenadores siguen presentándose, incluso los días en que ellos o los jugadores no pueden entrar al gimnasio.
“No quiero que piensen que nos hemos rendido”, dice Joe Chambers.
Hasta ahora, el equipo solo ha jugado un puñado de partidos contra equipos de fuera. Joe Chambers ha traído a amigos, por ejemplo, y una organización de Berkeley que lleva décadas enseñando deportes adaptados también ha jugado contra ellos, cuenta Holland.
Los entrenadores esperan que en el futuro los partidos contra equipos externos sean más habituales. En su sueño más ambicioso para el programa, imaginan inscribir al equipo en la NWBA y traer equipos de fuera a la prisión para jugar suficientes partidos oficiales como para construir un historial y obtener una clasificación nacional.
Aun si todas esas piezas encajan, queda un obstáculo más: el equipo de la CMF no puede viajar. Así que los rivales tendrían que ir hasta ellos y pasar por los controles de seguridad, como cualquier otro visitante.
A mediados de octubre, tras pasar más de dos décadas tras las rejas, Roach salió de la CMF, inseguro pero ilusionado con su futuro. Su familia le organizó una fiesta de bienvenida, y todos los entrenadores del programa de baloncesto en silla de ruedas se presentaron. “Ahora son parte de mi familia”, dice.
También ha retomado el contacto con Jackson y McDowell. Roach sabía cuánto significaba para él el baloncesto en silla de ruedas dentro de la prisión, pero agradece la red de apoyo que le está dando en libertad. “Cuando te sientes aislado y solo, y entras en un programa así, donde hay amor y apoyo”, dice, “es como, oye, mi círculo se agrandó”.
Mientras se adapta a su nueva vida, tiene la oportunidad de poner a prueba la regulación emocional y el trabajo de carácter que aprendió en el programa. Salir y verse rodeado de tanta gente tan de golpe, por ejemplo, le ha exigido recurrir a la respiración. “Respira, todo está bien”, se dice a sí mismo. Y después de vivir tantos años con tan pocas opciones en prisión, la presión por gastar dinero en cosas que no necesitas al salir es muy fuerte, dice Roach. Incluso en las decisiones pequeñas, “no ser impulsivo” puede beneficiarte, explica, en lugar de gastar el dinero y darte cuenta después de que lo necesitabas para algo más importante.
Así afronta también su futuro: ya le han ofrecido un trabajo en una casa de transición, dice, pero no quiere precipitarse. Está sopesando las opciones para tomar la mejor decisión.
Lo que sí tiene claro es que quiere seguir vinculado al equipo de baloncesto en silla de ruedas de la CMF. “En el papel que me necesiten”, dice. No tiene claro cuál es el proceso para obtener la autorización para volver a entrar ni cuánto tardará.
Quizá algún día Roach vuelva al gimnasio a reunir de nuevo a los hombres en un círculo. Pero esta vez será un entrenador “externo”.
AGRADECIMIENTOS
Este reportaje es una colaboración entre The Marshall Project y CatchLight como parte de una iniciativa de tres años de periodismo visual sobre salud mental (Mental Health Visual Desk Reporting Initiative). Agradecemos especialmente al entrenador Jeremiah Holland, que hizo posible este proyecto, y a las personas que compartieron con nosotros su tiempo y sus historias.
CRÉDITOS
FOTÓGRAFO
Brian L. Frank para CatchLight/The Marshall Project
REPORTEROS
Aala Abdullahi/The Marshall Project
Brian L. Frank para CatchLight/The Marshall Project